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Semántica emocional

Publicado el 31 de Mayo, 2008 a las 8:00am por Pi.
Categorías: Unimultiverso.

Para mí, el lenguaje es una barrera. Tenemos ideas dando vueltas en nuestra cabeza, y tenemos que encontrar las palabras o expresiones adecuadas para transmitir esas ideas. Muchos de nosotros nos hemos encontrado en la situación en que una sensación, una emoción o una idea está clara en nuestra cabeza, pero hemos encontrado dificultades para expresarla verbalmente de modo claro.

Esto ocurre porque el lenguage es limitado. Siempre habrá un concepto o una emoción que no se puede describir directamente con las palabras existentes en el lenguaje, y hemos de recurrir a circunloquios y expresiones inventadas para conseguir comunicarlo. Un ejemplo es la palabra “amor”, que engloba muchos tipos de amor: fraternal, pasional, romántico, etc.; a la cual hay siempre que poner en un contexto determinado o con un adjetivo extra para que signifique lo que queremos decir.

Así que muchas veces, una palabra tiene muchos posibles significados; lo que formalmente se conoce como contenido semántico. Dependiendo del contexto en que se use, una palabra o una expresión (incluso un símbolo o un color) tienen un contenido semántico diferente. Pero esta semántica, aunque sea absolutamente arbitraria, es común a todos los usuarios de un lenguaje. Si no fuese así, el lenguaje no serviría para comunicarnos.

En un ejemplo básico, la palabra “mesa” tiene un contenido semántico bastante definido. Una tabla horizontal sujeta por varias patas verticales. Cuando usamos la palabra “mesa”, todo el mundo sabe lo que significa. Incluso con las variadas denotaciones de la palabra “mesa”, el contexto permite discernir el contenido semántico: podemos decir “me senté a la mesa para comer” o podemos decir “la mesa del profesorado acordó no ir a la huelga”. Entendemos lo que significan estas frases porque todos damos a estas palabras un contenido semántico igual.

Sería un problema enorme si cada uno diese a las palabras un contenido semántico diferente. Si para mí “mesa” significase “sensación de ahogo” y para ti significase “fruto tropical”, cuando yo usase la palabra mesa, no nos entenderíamos. El lenguaje, dentro de sus limitaciones, funciona porque damos contenidos semánticos iguales y acordados en común.

En nuestra infancia, aprendemos los significados de las palabras y las añadimos a nuestro vocabulario. Pero no todos conocemos los significados exactos de todas las palabras. No entramos en parvulitos y nos entregan un enorme diccionario con todos los significados formales. Vamos aprendiendo vocabulario a base de experiencia con las palabras. Así aprendemos la semántica y también la pragmática, que es el modo en el que el contexto influye en el contenido semántico de una palabra.

Esto supone un problema, ya que nuestra experiencia con las palabras no es siempre igual. Pueden influir asuntos tales como la época en la que has crecido, la clase social de tu familia, el origen geográfico de ésta, su orientación política, pertenencia a grupo religioso, etc. Al adquirir experiencia con el lenguaje, incluso nosotros mismos damos connotaciones determinadas a ciertas palabras, eliminando otros contenidos semánticos que sean correctos y comunes. Esto implica que hay palabras para las cuales nunca hemos conocido más que un contenido semántico determinado y arbitrario, que puede ser diferente al contenido semántico formal, o al contenido semántico arbitrario que puedan asignarle otras personas.

Por ejemplo, la palabra “racismo” es la asignación de determinadas características a una persona dependiendo de su etnia. El diccionario de la Real Academia lo define como “exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otro u otros.” Sin embargo, mucha gente no asigna este contenido semántico; el racismo se asocia emocionalmente con el odio, el holocausto judío provocado por los nazis, la persecución a la que fueron sometidos los negros en Estados Unidos, etc. Es decir, mucha gente entiende o siente que el racismo es algo “muy malo”, hasta tal punto que en sitios como Wikipedia (supuestamente con una gran reputación de neutralidad), se afirma que “el racismo tiene como fin intencional o como resultado, la disminución o anulación de los derechos humanos de las personas discriminadas.” Aquí ya se mezcla el contenido semántico de racismo con el de xenofobia.

Es más, la gente no sólo suele tener una semántica propia, sino que además piensan que es más exacta, más acertada que otra semántica formal o de otra persona. Esto es lo que yo llamo “semántica emocional”, en la que la asignación de contenidos semánticos a las palabras ocurre por un proceso de aprendizaje emocional, en vez de formal. No tiene que ver con la semántica de las emociones; ese es un problema lingüistico. La semántica emocional ocurre para huir de etiquetas negativas, o asignar sentimientos negativos a etiquetas que no concuerdan con nuestras ideas o creencias. El problema se acrecenta cuando hay más personas que comparten una semántica emocional común.

Pero al mezclar diferentes contenidos semánticos en una conversación, los interlocutores tienen problemas para comunicarse. La función del lenguaje se rompe. Es cierto que el lenguaje y la semántica evolucionan con el tiempo, pero esta evolución suele suceder de forma paralela y convergente. Con la semántica emocional, esta evolución es divergente, ya que cada grupo de personas adquiere una semántica marcadamente diferente a la de otros grupos.

Aunque la semántica emocional ocurre como consecuencia de un proceso de aprendizaje instintivo, y puede parecer que ha ocurrido durante toda la historia de la humanidad, es en épocas recientes cuando la sociedad ha estado sometida a un bombardeo masivo de información que ha causado un aumento de la divergencia semántica. Antes, el contenido semántico de las palabras no cambiaba, aunque causaran diversas reacciones emocionales, ya fuese positivas o negativas; se buscaba una asignación de “bien” o “mal” a los conceptos. Ahora, se cambia el contenido semántico para poder seguir teniendo la misma reacción emocional, evitando las contradicciones o desventajas de estar asociado a una etiqueta determinada, mientras se mantiene la misma ideología o postura emocional. La asignación de “bien” o “mal” ya no es al concepto, sino a la etiqueta semántica que lo define; al cambiar la definición, y asignar “bien” o “mal” a la palabra, se separa de una manera muy práctica y cómoda la palabra y el concepto.

También hay una semejanza con la tergiversación de significados, técnica usada en la manipulación mediática, la demagogia y el sectarismo. La diferencia es que en la semántica emocional, es la persona la que decide asignar un contenido semántico dependiendo de la reacción emocional que suscita la palabra; en la tergiversación y exacerbación de significados, este contenido semántico se impone desde fuera a base de repetición, y funciona como un lavado de cerebro a distancia.

las personas dan contenidos semánticos incorrectos a las palabras para poder asimilarlas en su experiencia. Muchas veces inconscientemente, se ha cambiado la semántica para poder acomodarla a nuestra ideología. En el caso del racismo, muchas personas le han asignado un contenido semántico alejado de sus propias ideas, ya que el racismo se ve como algo “muy malo”; de esta manera, esas mismas personas pueden seguir siendo racistas, pero sin llevar la carga negativa que supone el racismo tal y como ellos lo entienden.

Pero hablando con esas personas sobre el racismo, los problemas de comunicación surgen. Ya que esas personas le dan a la palabra un significado diferente, no se sienten identificadas con ella. Aquí el problema no es sobre si el racismo es bueno o malo, sino sobre qué es racismo, y si esa palabra se puede aplicar a las personas que la usan. Puedes hablar del racismo científico, o más correctamente, racismo pseudocientífico; del racismo oculto (que es la causa y efecto de esta semántica emocional esquiva), etc. Pero las personas ya no se ven como racistas, cuando el simple hecho de pensar que hay diferentes razas con diferentes características es en sí mismo la esencia del racismo. La semántica emocional les sirve para seguir pensando lo mismo, sin el lastre negativo de las etiquetas. Cuando no gustan las etiquetas, se les cambia el significado y ya está. Pero es como aliviar el síntoma de una enfermedad en vez de curarla.

Otro ejemplo es una conversación que tuve con una persona religiosa sobre el significado de la palabras “agnóstico” y “ateo”. Esta persona insistía que un agnóstico no podía creer en un dios, mientras que el ateo debía creen en un dios para poder negarlo. Por mucha educación religiosa que esta persona afirmaba tener, es obvio que le asignaba a esas palabras unos significados absolutamente diferentes a los que tiene, basándose tan solo en su experiencia personal y en los sentimientos que provocaban tales palabras en él. No me molesté mucho en comunicarle mi interpretación de tales palabras, mi opinion sobre el significado que él le daba, ni siquiera en indicarle dónde buscar el significado formal de las palabras. Si lo hubiese hecho, probablemente él hubiese indicado lo incorrecto de tales documentos o fuentes que daban un significado formal diferente a la semántica emocional que estaba usando, en vez de decir “ah, pues yo creía que significaban otra cosa.”

Así pues, la semántica emocional no es tanto un problema lingüistico como un problema social, como puede ser el sesgo de actor-observador, entrando en la categoría de prejuicio cognitivo. La gente utiliza su semántica emocional absolutamente arbitraria y personal para ocultar los hechos desagradables y las actitudes reprobables, para reforzar los sentimientos propios y ningunear los de los demás, para, en definitiva, exacerbar el egocentrismo.

Lamentablemente, es muy difícil corregir los problemas causados por la semántica emocional. Las personas “sienten” que su definición de una palabra es mejor que otra posible definición, aunque esta otra sea la correcta, formal y mayoritaria, y discutirán sin fin para ver cual es el significado real de una palabra. Las emociones se imponen a la lógica y a la racionalización, por lo que usar estas herramientas para corregir la semántica emocional es muy complicado. A no ser que se le muestren a estas personas pruebas irrefutables del significado de una palabra, p.e. “racismo” en un diccionario. Y aun así, muchas personas seguirán discutiendo sobre la veracidad o exactitud de esa definición, porque choca con la definición arbitraria y emocional que han decidido que es más cómoda para ellos.

Sin embargo, es posible corregir esta tendencia a nivel personal, simplemente teniendo un poco de cuidado y pensando lo que se dice. Esto no quiere decir que hay que estar pegado al diccionario antes de pronunciar una palabra; pero sí estar atentos cuando se nota que en una conversación, los interlocutores parecen dar un contenido semántico diferente a una palabra importante en esa conversación. Pensemos sobre si el significado que le damos a esa palabra es el formal o el emocional; y si no lo sabemos, nos callamos. Es mejor callar y parecer tonto, que hablar y demostrarlo. Y es mejor pensar todo lo que decimos que decir todo lo que pensamos. Y cuando estemos seguros del significado formal de una palabra, y de que otros interlocutores le están asignando un contenido semántico diferente que está distorsionando la conversación, hay que poner sobre la mesa con paciencia y calma el significado formal, e invitar a los interlocutores a ponderar ese significado. En el caso de que los interlocutores no puedan ponerse de acuerdo en algo tan simple como el significado de una palabra, lo mejor es abandonar la conversación, ya que es improbable que puedan ponerse de acuerdo en temas más complejos.

También es posible adquirir cierta tolerancia hacia la semántica emocional que pueda usar la gente al comunicarse con nosotros, y fijarnos más en lo que la gente quiere decir en vez de en lo que dice; pero sin discutir sobre ello. Al anticipar la posible existencia de una semántica emocional contraria a la semántica formal o a nuestra propia semántica emocional, podemos tener más claro lo que la gente comunica incluso sin pretenderlo.

En conclusión, la semántica emocional es otra barrera que existe de manera instintiva para complicar aún más la problemática de la comunicación entre las personas. Conocer su existencia y ver los problemas que causa es un paso importante para la superación de esta barrera a nivel personal. Pero como en el caso de otros prejuicios cognitivos, lo más a lo que podemos aspirar es a convivir con ello, más que a solucionarlo.

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